"Mujeres Guerreras" (Parte 2.0)



Poco a poco el cine de terror iba modernizándose hasta acabar cristalizando un nuevo modelo narrativo que sin duda apostaba mucho más por lo explícito que por lo sugerido, sobretodo en cuanto a sexo y violencia. Pero eso no sería hasta los años 70, aunque a finales de los 60, y gracias en parte a la revolución que supuso al cine de terror Las noche de los muertos vivientes en 1968, ya pudimos apreciar algunos ejemplos de lo que nos preparaba dicha década. Incluso en ámbito nacional, donde empezaba a florecer el fantaterror español, liderado por un incansable Paul Naschy y su Waldemar Daninsky. Tampoco podemos olvidar pequeñas producciones de serie B -o incluso Z- que se dedicaban a meter el dedo en la llaga en cuanto a los nuevos modelos de sociedad contemporanea, un cine de terror con una visión claramente conservadora que defendía el modelo de familia tradicional. Y eso en ocasiones también se ligaba con un subgénero que incluso hoy en día aún da sus frutos: el American Gothic, esas películas en que el terror está en el interior de EEUU, en los pueblos semi-abandonados del interior en que habitan grupos de paletos de carácter conservador y religioso que odian a todo lo que viene “de la ciudad”. Cabe decir que este subgénero nace del boom que iban cogiendo por aquellos tiempos los asesinos en serie, y con el estandarte de La matanza de Texas como película insignia, aunque quien sabe si por casualidad, sir. Herschell Gordon Lewis en 1964 ya hizo un American Gothic con su espléndida 2000 maníacos. Es precisamente este señor, junto a su compatriota Russ Meyer, que demostrarían que La noche de los muertos vivientes, antes de ella, ya había un cine transgresor.
De hecho, en los años 60 la mujer tenía mucho que decir más allá de Europa o EEUU, me refiero al cine japonés, que gracias a Akira Kurosawa y su magnífica Rashomon (1950) poco a poco se iba haciendo más y más internacional (aunque en cines de arte y ensayo). Y de ese modo, espectadores que necesariamente tenían que ser muy encuriosidos por las lógicas dificultades de poder ver las películas japonesas -incluso por el tema subtítulos-, iban descubriendo películas que eran diferentes a todo lo que habían visto des de los tiempos de Meliés, con un ritmo narrativo acusado -a priori- de lento y poco “agradecido”, incluso de ser habitualmente demasiado dilatado, o los actores totalmente sobreactuados, pero los espectadores solían disfrutar al ver un cine nuevo y diferente mire por donde se mire. Entre ese cine se encontraba también el género de terror: el kaidan, películas que adaptan al cine historias populares del teatro kabuki, donde los fantasmas y los resucitados eran muy habituales. Y en estas películas el papel de la mujer era muy frecuente, hasta el punto de tener un papel primordial en la excelente El más allá (1964), de Masaki Kobayashi, basada en los cuentos de Lafcadio Hearnd. Sí, el tipo que ganó la palma de Oro en Cannes en 1962 por esa obra maestra llamada Harakiri (Seppuku), y que recientemente Takashi Miike le ha hecho un remake. Volviendo a El más allá, la película nos cuenta 4 historias en algo más de 160 minutos -personalmente una tortura que me hizo necesitar 2 tandas para terminarla-, pero lo cierto es que no hay conexión entre ambas historias y se nos puede permitir. Las historias que nos interesarían son las 2 primeras, en que la mujer cogerá forma malvada -especialmente la primera- en dos cuentos que muy posiblemente sonarán al más desconectado del tema: “Pelo negro”, y “La mujer en la nieve”. De todos modos, si algo define las historias que cuenta el teatro kabuki es que detrás de ellas siempre hay una connotación dramática, o sea, acostumbran a ser personajes vengativos por algo que les ha ocurrido en el pasado, y esto es algo que liga bastante con lo explicado en la primera parte de este especial, ya que el papel minoritario y apartado de la mujer en el día a día de la sociedad japonesa clásica, inspiraba historias en que la mujer se desmarcaba de esos roles comunes, algo que logicamente las calificaba de “malvadas”, “putas” o “brujas”. A lineas generales, y muy resumidamente, recomiendo El más allá (Kwaidan), por ser una película con una excelente ambientación gracias a unos decorados surrealistas, aunque en sí es una película impecable visualmente mire por donde se mire. Y la película a nivel narrativo nos habla de un drama folklorico con tintes sobrenaturales, que sabe introducirse perfectamente en el terror, y lo mejor de todo, consigue acojonar! Así que, no menospreciéis a los japoneses por ser lentos explicando historias, porqué antes de Ringu y La maldición ya hacían cine que daba miedo...
Aunque las personas como yo que no somos apasionados de películas de cuentos tipo Creepshow, o las películas de la productora Amicus (ejemplos para ir más allá de El más allá), también existen otras películas que cuentan algunas de las historias kabuki que aparecen en El más allá. Me refiero a La mujer de nieve, que se podría considerar como una dilatación del segundo cuento del título de Kobayashi. Dirigida por Tokuzo Tanaka en 1968, destaca por ser una película mucho más accesible gracias a su corta duración de 78 minutos, y por explicar de un modo más trabajado el desarrollo de la historia. Visualmente es una delicia, con un etalonaje muy muy desaturado y unos maquillajes realmente “de horror” que saben potenciar la puesta en escena, así que la película funciona, aunque como es lógico sin dejar de lado su base triste-dramática.

Otra película del género kaidan con mucha fama sin duda sería Onibaba (1964), dirigida por el solvente Kaneto Shindo que años atrás ya realizó otra película de terror folklorica como es Kuroneko. En esta ocasión he de reconocer que al igual que la anteiromente comentada Las diabólicas, no estamos ante una película de terror, pero sí que es cierto que hay algunos tintes fantasmagóricos que la colocan involuntariamente entre las raíces del género kaidan. Se trata de una de las obras maestras de la edad dorada del cine japonés, y el argumento trata de una madre y una mujer que esperan a que sus hombres vuelvan de la milicia a la que han partido. Mientras esperan, al ser de origen campesino -y muy humilde-, se dedicarán a asesinar a todos los samurais que se acerquen a la zona perdidos por la boscosidad, y de ese modo poder robarles sus pertinencias y venderlas para así poder alimentarse.
Estamos ante un título fundamental en dentro del cine japonés, pero también para aquellos que aprecien el folklore nipón, ya que podremos ver un ligero retrato de las condiciones del Japón feudal, como se enfrentaban los campesinos menos adinerados a las duras condiciones para sobrevivir. Y entre todo esto se encuentran 2 mujeres, una obsesionada con la maldad, sin miedo, decidida y sin tapujos a la hora de actuar; la otra más emocional y débil... y así le irá. Aunque ojito con las dos, porqué en el pozo se acumulan los huesos...


A partir de ahora el cine clásico se verá reemplazado por otro de atributos mucho más modernos basados en la potenciación de elementos como el sexo y la violencia. Y en eso habrá que darle las gracias a Herschel Gordon Lewis por inventar el género gore con la “normalita” Blood feast, una película pensada para gente como un bajo coeficiente intelectual según reveló el director en recientes entrevistas. Pero sobretodo también le debemos las gracias a otra persona que ha sido revivida de las cenizas hoy en día gracias a Quentin Tarantino: Russ Meyer, el tipo obsesionado con la mujeres “pechugonas”. Sí, algo enfermizo probablemente, con películas que inicialmente en su carrera se podría considerar que tenía algún tipo de tabú, con el paso de los años acabó entrando de pleno en el destape e incluso rozando el porno en películas como su siempre recordada saga de las Vixens! Pero en los años 60 realizó “su obra maestra” (que me perdonen los grandes directores del cine), llamada Faster pussycat kill kill!, una película homenajeada -sino remakeada- por Tarantino en su discreta Death proof.
Dirigida en 1965, la película nos cuenta como un grupo de tres gogós después de una noche de duro trabajo deciden pisar el acelerador del coche en busca de problemas. Por el camino encontrarán a una pareja, y que acabarán por ser retados a una carrera, pero por desgracia la pareja sufre un accidente y el chico muere al acto, mientras que ella será secuestrada por las gogós. A partir de allí, diferentes situaciones de sexo, estallidos de violencia, diálogos de risa y situaciones incomprensibles acabarán puliendo una película “de culto” muy muy disfrutable.
Como anécdota, la líder de las gogós -Varla (Tura Satana)- por desgracia murió el 4 de febrero del 2011 a la edad de 76 años. Fue una actriz que consiguió un papel en la obra maestra de Billy Wilder Irma la dulce, aunque su camino, debido a su físico y dotes de bailarina como stripper que era, acabó siendo con Russ Meyer que consiguió convertirla en lo que nos hace recordarla ahora mismo: como una diosa, icono, diva, un mito erótico de los 60-70 del cine de serie B gracias a 1 puñetera película. Inmortal, tanto Tura Satana como Faster pussycat kill! Kill!
(Tura Satana a la izquierda)


Unos años más tarde, en concreto en 1968, la ya comentada anteriormente Barbara Steele volvió a la carga con una adaptación de una novela del escritor H.P. Lovecraft llamada The Dreams in the witch house, cuyo título cinematográfico quedó en La maldición del Altar Rojo. Ante todo debo decir que no es una gran película, de hecho se trata de uno de esos títulos injustamente semienterrados en los anales de la historia del género pero que el verdadero aficionado se encarga de recuperar, y no es por falta de motivos, de hecho, más allá de tratarse de una adaptación de Lovecraft, podemos encontrar en el reparto actores tan consolidados como Christopher Lee, un veterano y ya delicado de salud Boris Karloff, o la sensación de aquellos tiempos -y la que nos interesa- Barbara Steele. Y no solo su presencia malvada como Bruja Lavinia es motivo para resaltarla en esta actualización, sino por el maquillaje y caracterización tan extremada y sexy que lleva en la película, más que sorprendente.
Como he comentado la película tampoco es gran cosa, aunque viendo la mayoría de adaptaciones lovecraftianas ésta posiblemente se salvaría del crematorio. Tiene un buen guión, pero se nota que el presupuesto es muy reducido, obligando así a su director Vernon Sewell a no poder hacer según que peripecias arriesgadas, una pena. Quizás gente como Roger Corman hubiese conseguido mejores resultados, sobretodo después de ver ese peliculón llamado El palacio de los espíritus también fruto de una adaptación de Lovecraft, pero el resultado es el que es, una buena historia algo aburrida y descafeinada, que más allá de los maquillajes de Barbara Steele poco más hay a destacar.
Y ya para ir acabando esta primera entrada de los años 60 me gustaría pisar en los orígenes del fantástico español, pero un fantástico consolidado y no a trompicones como lo fueron películas como La torre de los siete jorobados (1944) o Gritos en la noche (1961), ambas excelentes películas, sino en concreto a quien originó una producción en cadena de películas sobretodo en los años 70. Me refiero a Paul Naschy (Jacinto Molina) y su incansable Waldemar Daninsky, su personaje estrella.
Quien le tenía que decir a un novato dentro del cine que apenas trabajó de extra en alguna que otra película además de 4 oficios técnicos que acabaría siendo el responsable de un cambio de estilo cinematográfico en aquella España franquista y tradicional? Sí, a Jacinto Molina se le reían a la cara cuando se enteraba la gente que había escrito un guión sobre un hombre lobo que peleaba contra vampiros..., sí! el Larry Talbot español que Molina bautizaría como Waldemar Daninsky. Era un cine que según valoraban las productoras, solo lo hacían americanos y ingleses, y que la cinematografía española siempre se ha mantenido al margen al insistir en lo que creían que de verdad funcionaba en España: comedias, comedias, y más comedias, las de Paco Martínez Soria por ejemplo, o algún que otro Spaghetty western. Hasta que un día, el director Enrique López Eguiluz junto con una productora española y otra alemana se embarcaron en el exótico proyecto del hombre lobo. La marca del hombre lobo (1968) inició la continuidad en el género de terror español gracias también a otros directores que aparecían y desaparecían del género, pero solo Paul Naschy (Jacinto Molina) dedicó su carrera exclusivamente al género hasta ganarse hoy en día la admiración de un público mundial (excepto en España... y así nos van las cosas en todo), desde Japón hasta Estados Unidos, pasando por el reconocimiento de Quentin Tarantino.
El fantástico español de finales de los 60 y los 70, significó para los espectadores de aquella España tradicionalista una vía de escape divertida, pero también un soplo de aire fresco a un cine excesivamente repetitivo. Los jóvenes de aquella época encontraban en aquellas historias misterio, sexualidad, violencia, elementos nuevos y revolucionarios culturalmente que dejaban entrever que alguna cosa estaba cambiando al país. Y entre esos elementos se encontraba el destape, una mujer mucho más liberal, malvada, de las que el hombre no puede controlar y lucha contra ella. Y ellas fueron una tónica constante en la filmografía de Naschy, habitualmente como vampiras. También lo fueron para el inepto de Jesús Franco, pero tal como he adjetivado me abstendré de nombrarle ninguna película más allá de la mencionada joya Gritos en la noche. De entre las 12 películas que componen el ciclo de Waldemar Daninsky a lo largo de casi 4 décadas, y debido a que su connectividad entre ellas es muy escasa, me iré directamente a la película con mayor impacto mundial y con unas vampiras realmente malas y sensuales a partes iguales. Me refiero a La noche de Walpuguis, dirigida en 1970 por uno de los grandes de la cinematografía terrorífica española: León Klimowsky. Fue una película que traspasó fronteras, arrasó en taquilla y en general se ha convertido desde hace años en un título de culto. Incluso en USA se comercializaron cromos de la peli!

La película nos cuenta como unos forenses retiran una bala de plata del cuerpo de un cadáver del depósito, y al hacerlo, éste revivirá y les matará. Se trata de Waldemar Daninsky, el hombre lobo atormentado. Por otro lado, dos chicas universitarias que investigan cosas paranormales y magia negra, creen haber encontrado la tumba de la condesa Wandesa Darvula de Nadasdy, una adoradora del Diablo. En su viaje a Francia en busca de la tumba, las chicas se perderán en el bosque, pero por suerte -o mala suerte mejor dicho- para ellas, Waldemar Daninsky las encontrará y les ofrecerá que se hospeden en su casa. A la mañana siguiente las chicas encontrarán la tumba de la condesa y que posteriormente acabarán por que ésta vuelva a la vida, y de ese modo empezará una batalla entre el hombre lobo y la vampira condesa.
Pues si, un licántropo y una vampira se enfrentan a muerte dentro de una historia que tiene gancho, con un hombre lobo atormentado por su maldición, junto con lo que también era una realidad emergente: las connotaciones sexuales, que en esta ocasión iban muy ligadas al lesbianismo y al romanticismo melancólico. También podremos disfrutar de lo a veces da sentido a las producciones de terror más secundarias: el gore y la diversión, que en esta ocasión van a raudales. En cuanto al sector femenino tenemos a la actriz Barbara Capell a la que veremos convertida en vampira, junto a la condesa Darvula, una sexy Patty Shepards.
Una película imprescindible dentro del cine de terror, que pese a no ser perfecta a nivel técnico (ni de lejos!), como mínimo entretiene y ayuda a entender un poco mejor el origen de nuestra cinematografía de terror incluso en terrenos sociológicos.


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