domingo, 21 de julio de 2013

Asesinos en serie, en el cine: Carl Panzram

Ferran Ballesta


Desearía que todos tuvieran cuello y que mis manos estuvieran sobre él

En mi vida he asesinado a 21 seres humanos, he cometido miles de allanamientos, asaltos, robos, incendios provocados y, por último pero no menos importante, he cometido sodomía con más de 100 hombres. Ante todas estas cosas no siento ningún arrepentimiento

No tengo ningún deseo de reformarme. Mi único deseo es reformar a la gente que quiere reformarme. Y creo que la única manera de conseguirlo es matándola. Mi lema es: róbale, viólala y mátala

Te darás cuenta de que seguí una idea consecuentemente toda mi vida, cacé a los débiles, los inofensivos y desprevenidos. Esta lección me la enseñaron otros: el poder de la razón

Odio a toda la jodida humanidad, disfruto matando


Carl Panzram se ha convertido a lo largo de los años en uno de los asesinos en serie más popular a la vez que inquietante, gracias en parte a su amplio repertorio de frases célebres. Y quiero concretar lo de las frases, ya que tanto la literatura como el cine han obviado a un personaje que merece mayor explotación al igual que la han tenido Ed Gein o Ted Bundy, ya que apenas una sola película se digna a reflejar -y de un modo discutible- la figura de Carl Panzram. Antes de comentarla, un breve repaso a su persona.

Él era un hombre sin alma, sin escrúpulos, alguien que no le importaba reconocer todo el odio que alimentaba su ser gracias a una infancia turbulenta que hizo despertar en él la rabia y la necesidad de causar dolor, en beneficio del placer. Fue alguien que a medida que se iba desviando hacia el mal, la gente, sin saberlo, le allanaba el camino para convertirse en el monstruo que fue, y es que Panzram, con apenas 11 años, ya fue carne de correccional a principios del s. XX, obteniendo palizas y abusos, y posteriormente para acabar viviendo vagabundeando tras el rechazo familiar. También sufrió una violación par parte de un grupo de jóvenes al mismo tiempo que realizaba delictos que le hacían entrar y salir continuamente de la cárcel. Con los años maduró y radicalizó su contundencia en los delictos, robando, dando palizas a la gente, violando y quemando iglesias producto de su contundente odio a la religión.

A los 16 años entró a prisión al ser condenado dos años en la prisión de Leavenworth (Kansas, USA), y fue allí cuando desapareció lo poco humano que quedaba en él, y que irónicamente resultaría ser la prisión donde acabaría sus días años más tarde. Al salir se desató la bestia, y los con mucha más contundencia los delitos seguián mientras vagabundeaba, dejando un rastro de violaciones, robos y sodomizaciones.

Con los años viajaría a Angola, Islas Canarias y a Lisboa, hasta que regresó a los USA en 1922. Y fue en la ciudad de Salem, Massatchussets, donde viola y asesina a George Henry McMahon, un niño de tan solo 12 años. Pero aquel niño fue el primero de otros asesinatos a jóvenes, entre ellos un chico de 15 del cual fue juzgado pero no condenado, y como era de esperar originó una fuga a Londres que acabó con otro asesinato a un chico de origen judío que pedía limosna en la calle, un tipo de asesinato que gustaba mucho a Panzram.

Con los años pasó por distintas prisiones, entre ellas se encontraba la terrible prisión de Clinton, en Nueva York, más conocida como Dannemora, donde sufriría el horror de la tortura hasta 1928. Cuando salió, retomó su carrera criminal, y fue de nuevo enviado a otra prisión, la de Washington D.C., donde conocería al hombre que cambiaría su vida. Él era Herny Lesser, un guardia carcelario novato, hijo de inmigrantes judíos que poseía una postura renovadora del sistema carcelario, en contra de la tortura. Curiosamente los dos se hicieron buenos amigos, y Panzram aceptó escribir para Lesser la historia de su espeluznante vida.

La confesión de Panzram resultó ser una fría y feroz crítica al sistema carcelario americano, al que responsabilizó de crear monstruos como él.



Ante semejante testimonio tanto crítico como aterrador, increíblemente el mundo del cine solo ha adaptado una vez a Carl Panzram. Fue en 1996 cuando Olvier Stone produjo un título llamado El corredor de la muerte (Killer: A journal of Murder), en que se retrataba de un modo discutible la figura del mítico asesino. Resulta una película interesante, ya que tal como el título indica se centra en la relación entre Panzram y Henry Lesser en el corredor de la muerte, donde se originó el famoso testimonio y su drama carcelario, el problema es que resulta cuestionable el hecho que su director Tim Metcalfe haya suavizado tan notablemente el proceso de explicación de lo que sería la evolución del hombre hacia la bestia. Y es que Metcalfe, centra su película en el debate de lo que plantea Panzram en su testimonio, en si su vida podría haber sido distinta con una política penitenciaria no punitiva. Por tanto, la parte morbosa queda en un segundo plano, pero quizás excesivamente para un ser que fue puro mal y que se le acaba reflejando ligeramente como alguien a escuchar.

Anteriormente el director ya participó en la película Kalifornia (Dominic Sena, 1993) como guionista, una película mucho más contundente, una road movie centrada estrictamente en lo morboso y sin crítica basada en el libro Killer: A journal of Murder (1970) de James Long y Thomas E. Gaddis. En ella Brad Pitt demuestra que es uno de los mejores actores de Hollywood consiguiendo una dura y brillante actuación como asesino. En El corredor de la muerte es James Woods quien interpreta a Panzram de un modo muy satisfactorio con una doble interpretación: la del Panzram carcelario y el Panzram biográfico, y que le sirvió para ganar el premio a mejor interpretación en el pasado Festival de Sitges de 1996. Y es que la película se centra en el testimonio que realiza el asesino a Henry Lesser, y por tanto el espectador verá un seguido de breves flashbacks que resultan ser un pálido reflejo de sus atrocidades.



No es la película deseada, pero como crítica al sistema penitenciario de la época resulta convincente. De todos modos lejos queda el necesario -y por el momento inexistente- reflejo de la carrera delictiva de uno de los asesinos en serie más salvajes que han existido.


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