Testimonio de Sadae Kasaoka, superviviente de Hiroshima


Parte de la programación del XXI Salón del Manga de Barcelona se dedicó al peligro atómico. Además de las distintas exposiciones sobre la Bomba Atómica que se podían ir visitando a lo largo de los 4 días del evento, en la Sala de Actos 2 del Salón se realizaron algunas conferencias relacionadas también sobre este tipo de armamento tan altamente destructivo y sus consecuencias nefastas. Una de las conferencias que se hicieron, seguramente la más interesante de todas, fue la que acogió a Sadae Kasaoka, una superviviente del desastre de Hiroshima. Su visita sirvió para que el público asistente al Salón pudiera escuchar su testimonio, su experiencia, y también sus pesadillas.


Fue duro, muy duro escuchar su relato. Actualmente en 2015 Sadae Kasaoka tiene 82 años, y tenía 12 cuando vivió de cerca la explosión, por lo que recuerda muy bien lo sucedido. Nunca habló de ello, igual como tantos otros por culpa del miedo que les provoca la idea de revivir aquella terrible experiencia y que nunca se borrará de su mente. Pero, para la señora Kasaoka, en el año 2000 todo cambió. Ese año, un colegio de primaria japonés le propuso hacer una conferencia a sus alumnos sobre sus recuerdos traumáticos, y dio un paso adelante y se decidió a hacerla. La experiencia le gustó tanto que hoy en día se dedica en cuerpo y alma a trasladar a las nuevas generaciones su relato.

A continuación cuelgo íntegramente su relato:


A las 08:15 de la mañana del 6 de Agosto de 1945 lanzaron una bomba atómica a la ciudad de Hiroshima por primera vez en la historia de la humanidad. La bomba estalló en el aire a unos 600 metros de la superficie terrestre, justo encima de una clínica, y actualmente a unos 400 metros del monumento Memorial de la Paz de Hiroshima.

Tras la explosión se formó una gran masa de gases en el aire. Ese día había 350.000 personas en la ciudad de Hiroshima, y más de 150.000 personas murieron antes del mes de Diciembre del mismo año. Yo entonces vivía con mis padres, y también con mi abuela (tenía 90 años) y hermanos (2 hermanos mayores, 1 menor, y 3 hermanas mayores) en una casa situada a unos 3 km del epicentro de la explosión. Mis hermanas estaban ya casadas; mi hermano mayor era Infante de marina y había muerto en la guerra; mi otro hermano mayor estudiaba en la escuela náutica de Kobe; y mi hermano menor cursaba el 5o año de primaria y por ello vivía en un templo fuera de la ciudad.

Durante la Guerra el Gobierno estableció un régimen de racionamiento de productos y por eso siempre nos faltaba comida, por lo que teníamos que vivir en la pobreza. No teníamos suficiente para comer ni alimentarnos. Teníamos que cocinar el arroz con 10 veces más cantidad de agua. Siempre teníamos hambre, y por eso también buscábamos hierbas comestibles para alimentarnos, y recuerdo que por eso mismo era feliz cada vez que mi hermano mayor traía comida de la base, como plátano o latas en conserva. El combustible era escaso también, así que teníamos que subir a la montaña para recoger leña.

Cuando cayó la Bomba Atómica yo tenía 12 años y estudiaba el 1r año de secundaria, pero en realidad no daban clases ni teníamos vacaciones, sino que teníamos que trabajar todos los días. Las pocas veces que íbamos a la escuela era para aprender a combatir con una lanza de bambú, y por ese motivo apenas pudimos estudiar. El día anterior de la bomba estuve cerca del epicentro, trabajando en el barrio de Otemachi, un trabajo que consistía en crear cortafuegos para los posibles incendios que pudieran provocar los bombardeos. El 6 de Agosto, día de la explosión, no trabajé y me quedé en casa. Hacía muy buen tiempo, por lo que mis padres para ir a ayudar a unos amigos que vivían a 1 km del epicentro. Recuerdo que la noche anterior volaban aviones enemigos encima de Hiroshima, y sonaron las sirenas antiaéreas varias veces y teníamos mucho miedo. Pero, sobre las 07:30 de la mañana, se anunció el fin de la alarma y me quedé tranquila pensando “ya está, ya no vendrán más”. Entonces lavé los platos del desayuno, luego tiré el agua a la calle, y finalmente entré a casa de nuevo. Caminé dirección al este, hacia una ventana que tiene unos 2 metros y medio, y de repente me dí cuenta que la ventana se volvió completamente roja, de un color muy bonito, como si se añadiera el color naranja al alba matinal. Justo un momento después los cristales se rompieron junto con un fuerte ruido y vinieron contra mí, y un viento me empujó hacia atrás obligándome a agachar. Después del impacto del viento sentí una presión muy fuerte en el pecho y me desmayé. Al despertarme, toqué mi cabeza y noté algo mojado, eran las heridas provocadas por los cristales, pero igualmente no sentía ningún dolor, solo pensé que tenía que huir rápido de allí, y por eso fui a buscar a mi abuela y nos dirigimos al refugio del barrio, bajo tierra. En el refugio encontramos algunos vecinos, pero al igual que nosotras tampoco sabían que estaba pasando. Cuando salí del refugio me di cuenta que mi casa estaba inclinada, que las tejas habían caído, y que habían trozos de pared rota por todos lados. Sobre las 09:00 salió un vecino hacia el centro de Hiroshima a ver qué pasaba, y al volver, su cara estaba completamente rosa por las quemaduras. Nos dijo que tras la explosión de luz, casi toda la ciudad había desaparecido. Al oírle, algunos padres decidieron ir a buscar a sus hijos que trabajaban en la zona del epicentro. Yo estaba preocupada por mis padres, pero con mi abuela no pude hacer nada. Más tarde empezó a caer una extraña lluvia negra.


Poco a poco la gente empezaba a regresar a casa, todos ellos con quemaduras muy graves por el cuerpo, por lo que tenían que ir al colegio, el lugar donde se improvisó un hospital. Yo seguía muy preocupada por mis padres, y por eso mi tío quiso ir al hospital a ver si mis padres se encontraban allí, pero no pudo acercarse, ya que el puente que nos comunicaba con aquella zona estaba incendiado. Respecto mi hermano mayor, ese día justo volvía en tren de Kobe hacia casa, y en cuando llegó por la tarde nos fuimos a buscar a nuestros padres al hospital, justo en el momento que se consiguió apagar el fuego del puente. Cuando llegó la noche, unos parientes nos dijeron que nuestro padre lo habían llevado a casa. Fuimos a casa, y al llegar vimos a una persona estirada y quieta allí dentro, pero no sabíamos si estaba viva. Su rostro estaba muy hinchado, sus ojos casi se le salían, sus labios estaban secos y agrietados como una granada, además, no llevaba nada de ropa. Su cuerpo estaba completamente negro. Solamente pude saber que era mi padre porqué a la hora de la explosión estaba con mi madre, y mientra agonizaba me pidió que fuera a buscarla. Para intentar aliviar su dolor, al no tener medicinas, utilizábamos pepinos y patatas ralladas como cataplasmas. Su cuerpo estaba muy caliente y se le secaba muy rápido, pero no podíamos hacer nada más, ya que si tocábamos la piel se desplegaba la parte negra y aparecía la carne viva. Estaba totalmente quemado, y no solo la piel, sino dentro del cuerpo también. Mi padre me pidió agua, pero no se la quise dar porqué escuché que si una persona quemada bebía agua le provocaría la muerte, pero ahora me arrepiento. A mi padre le gustaba mucho la cerveza, pero no podíamos comprarla porqué se consideraba como un artículo de lujo, pero aún así, mi madre hacía intercambio de arroz de racionamiento a cambio de cervezas, y las escondía en el trastero. Yo, al sentir que mi padre se estaba muriendo, fui al trastero, saqué una cerveza, le quité la chapa, e intenté dársela, pero ya no tenía fuerzas y no estuve a tiempo. Hoy en día lamento mucho no haber podido darle ese último placer. Yo solo pude abanicarle para aliviar el calor que sufría y asustar a las moscas que se le acercaban, y es que allí donde habían las heridas más graves y olía más mal se concentraban las moscas, y las larvas entraban y salían a su antojo. Después de la explosión las larvas se alimentaban del cuerpo humano y crecían en ellos hasta convertirse en moscas. Esto también es la Guerra.

Mientras mi padre estaba en casa, recuerdo que una vez fui al huerto a buscar líquido para mi padre, y allí encontré unos tomates rojos, los recogí en una cesta, y cuando me incorporé vi unos fantasmas. Su forma eran como de unos hombres blancos que desfilaban por las calles hacia el hospital militar, callados y con los brazos a la altura del pecho en los que se les desplomaban una especie de trapos en los brazos. En realidad eran personas, víctimas de la explosión y con unas heridas horribles. Lo que parecían trapos era la piel colgada, y tenían el cuerpo blanco cubierto por la ceniza.

Mi padre murió 2 días después del ataque preocupado por su mujer y sus hijos pequeños. Como había tanta gente que moría no pudimos utilizar el crematorio así que tuvimos que incinerarlo en la playa. El fuego era lento y tardó como unas 10 horas en acabar, pero era algo que hacían muchas otras familias. Aún recuerdo el mal olor que hacía la playa. Muchas amigas mías murieron también, ya que trabajaban en el centro. Unas querían ser profesoras, otras madres, y todas juntas siempre disfrutábamos hablando de nuestros deseos y sueños, pero una bomba atómica nos quitó todo eso, y el futuro, junto con sus vidas.

Justo cuando cayó la bomba había marea alta. Mucha gente entró al río en busca de agua y murió allí dentro, por lo que luego el río se llevó los cuerpos al mar. Los soldados recogían los cadáveres y se los llevaban a las afuera de Hiroshima, a Asaka. Ellos tuvieron que recoger muchos cadáveres, y como solo recibían órdenes no sabían tratarlos con respecto, por lo que entendí que la Guerra también cambió el buen corazón de la gente. Incluso los militares solo recogían los cuerpos que podían alcanzar, y en cambio dejaban abandonados los que les quedaban lejos del puerto. Insisto en que la Guerra nos cambió la buena voluntad.

Mi hermano nunca se desanimó y siempre iba a la zona del epicentro a buscar a mi madre, pero nunca la encontraba. Finalmente encontró su nombre en la lista de la escuela, concretamente en la lista de defunciones, indicando que había muerto el día 8 y que solo quedaban de ella algunos trozos de cabello y algún hueso, pero de todos modos nunca tuvimos la certeza de si realmente eran de ella o no. Hoy pienso que mi madre fue al río después de perder a mi padre e intentó volver hacia la zona donde se perdieron. Me duele cuando intento pensar en que mi madre quería volver a casa, sufriendo por las quemaduras, y preocupándose por nosotros.

Al año posterior a la explosión me salieron muchos granitos por el cuerpo. En mi brazo derecho tenía 3 agujeros grandes de los que no me paraba de salir pus. Normalmente cuando sale pus es señal que la herida ya está intentando curar, pero a mi simplemente me aparecieron 3 agujeros y que tardaron como medio año a curarse del todo. Y es que por aquel entonces nadie sabía que la bomba que había explotado era atómica, y por lo tanto la gente ignoraba el hecho de que había contaminación en el ambiente, solamente creíamos que era algún tipo de arma química. Después de cicatrizar los agujeros sufrí anemia durante bastante tiempo.

Después de perder a nuestros padres, mis hermanos y yo nos tuvimos que resignar a vivir una vida difícil. Lo peor de todo siempre fue volver a casa y no encontrar a mi madre recibiéndome con un cálido “hola”, y yo respondiéndole “qué tal madre?”, “cómo estás padre?”. Mi hermano mayor tuvo que dejar de estudiar y ponerse a trabajar. Mi hermana pequeña seguía a la escuela, y mi abuela nos cuidaba. Yo y mi hermano pequeño ayudábamos a mi abuela y hermana pequeña, recogiendo ostras en la playa para luego venderlas en las pescaderías, y así sobrevivimos aquellos primeros años.

Personalmente, pude terminar los estudios, pero sufrí muchas discriminaciones a la hora de buscar empleo y casarme. Muchos niños, al terminar la Guerra, volvieron a Hiroshima para encontrarse con sus padres, pero la realidad fue que aproximadamente unos 5.000 niños quedaron huérfanos, por lo que seguro, al igual que yo, no han tenido una vida fácil. Hoy cuando pienso en la Bomba Atómica se me caen las lágrimas, pero quiero vivir una vida larga en recuerdo de las víctimas, y dedicar mi tiempo a contar historias sobre ellos.

No necesitamos guerras, porqué las guerras traen infelicidad, y los que sufrirán más siempre son los más débiles, como los ancianos y los niños. La Bomba quemó Hiroshima en un instante, y se dijo que nunca más volvería a crecer la vegetación hasta al menos pasado 75 años, pero al poco tiempo de la explosión vimos que las plantas y las hierbas empezaban a brotar, algo que nos dio mucho ánimo. La naturaleza nos dio la fuerza, pudiendo así los supervivientes tener esperanza y seguir adelante, y fue de ese modo como la ciudad de Hiroshima tiró hacia adelante. Nuestra voz y fuerza son pequeñas pero entre todos podemos conseguir una voz más alta y una fuerza más grande.

El año posterior a la muerte de mi abuela me casé con un hombre que también era un superviviente de la bomba nuclear, y al igual que mi hermano, él también buscaba desesperadamente a sus padres en la ciudad, por lo que estuvo expuesto a una cantidad muy elevada de radiación. Cuando cumplió 33 años cogió cáncer de médula espinal y murió dos años después, con 35. Nuestros hijos tenían 5 y 2 años, y pudieron tener una nueva vida, una nueva vida que no podrían haber conseguido sin todas aquellas personas que nos ayudaron, y que hoy sigo sin olvidar.

Insisto, no necesitamos guerras, no deseo que nadie tenga una experiencia tan dura, con tanto sufrimiento y tristeza como nosotros. Me gustaría que el mundo estuviera en paz sin armas nucleares. ¿Entendéis mis deseos? Y otra pregunta, ¿Habéis oído hablar de Sadako Sasaki? Ella tenía 2 años cuando cayó la Bomba Atómica y al cabo de 10 años murió a causa de la radiación. Después de su muerte, sus compañeros de clase empezaron a recaudar fondos para construir un monumento de los niños y dedicado a la paz. Ese monumento finalmente se construyó, y no fue solo por las donaciones de los compañeros de Sadako, sino también por las de los adultos, y en general de todos los habitantes de Hiroshima., Es por ello, por la solidaridad entre unos y otros, que pudimos recaudar fondos para hacerlo posible. La llama de la paz está en el Memorial de la Paz, y se conservará hasta que desaparezcan las armas nucleares. Yo deseo desde el fondo de mi corazón la llegada de ese día.


Muchas gracias.”



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